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El
juego en familias con niños con necesidades especiales
Lic. Gabriela Oller
A pesar de la importancia que socialmente se le atribuye al juego en la
infancia, los padres, docentes, profesionales de la salud y adultos en
general necesitan encontrar algún tipo de beneficio productivo
para dejar que los niños jueguen.
En este artículo se referirá al origen del juego, y a los
efectos del mismo en el desarrollo del niño. Se abordarán
cuestiones vinculadas a la desvalorización social que lo lúdico
sufre en desmedro de otras actividades productivas, así como el
énfasis en la búsqueda de resultados, y el poco tiempo libre
que poseen las familias de niños con necesidades especiales, debido
a los múltiples espacios didácticos y terapéuticos
a los que concurren.
En suma, se intentará buscar explicaciones a la situación
paradojal en la que se hallan actualmente muchos padres -que si bien reconocen
la función primordial del juego espontáneo para sus hijos-
presentan dificultades para compartirlo en familia.
Para que se instale el juego....
"Cuando las madres desean hacer dormir a los niños que
sufren de insomnio, ellas no les ofrecen reposo, sino más
bien movimiento, los balancean sin cesar en sus brazos,
ellas tampoco les ofrecen silencio, sino al contrario una
melodía que los encante"
Las Leyes, Platón
El despliegue lúdico en el niño se da en directa relación
con los padres y/u otras personas significativas de su entorno, quienes
serán partenaires de este proceso de crucial importancia para el
infante. Sin ellos, no habrá posibilidad alguna de juego para el
niño, como tampoco habrá acceso al mundo de los objetos
de juego.
El niño es, a diferencia de otros seres vivientes, el que nace
con mayor prematurez para la vida autónoma. Al nacimiento de un
bebé le siguen años de absoluta dependencia, de cuidados,
y sostén materno y paterno. Serán estos cuidados, los que
en el marco de un vínculo en sus inicios casi simbiótico
con la madre -pero que con el correr del tiempo se encaminará progresivamente
al reconocimiento y construcción de la autonomía del niño-
crearán las condiciones para que comience a desarrollarse el juego.
Así, este vínculo tan cercano entre madre e hijo va instaurando
un diálogo lúdico entre ambos. Espontáneamente la
madre acompañará cada acto de alimentación, aseo,
sueño, con palabras, pequeños gestos, ritmos y movimientos
que ofrecerá a su bebé a la manera de un juego. Este a su
vez responderá con atención, placer, demandando la repetición
exacta del estímulo para progresivamente ir enriqueciendo el intercambio
con producciones propias.
La madre en estos primeros juegos con su bebé, introducirá
objetos para calmar, entretener y acompañar al niño especialmente
en aquellos momentos en que deba apartarse de su hijo para continuar con
sus tareas. El bebé irá aceptando, reconociendo y demandando
estos objetos precisamente por ser tributarios, representantes de su vínculo
con la madre. Estamos así, en presencia de los primeros objetos
de juego para el niño. Juguetes a los que de ahí en más
recurrirá para entretenerse, experimentar, ejercitarse y crear.
¿Por qué es tan importante el juego espontáneo?
"Al niño nada lo hace más feliz que el otra vez"
Walter Benjamin
El juego es una actividad esencial para el desarrollo saludable del niño
ya que favorece la expresión de emociones, la socialización,
la creatividad. Jugando el niño se vincula con el mundo, y explora
nuevas modalidades de relación con las personas y objetos que lo
rodean, a la vez que ejercita nuevas actividades, roles y respuestas a
los problemas que la vida cotidiana presenta.
Los niños con necesidades especiales disfrutan como todos los niños
del juego espontáneo, y se benefician de los efectos que el jugar
por jugar desencadena. Entregados libremente a las actividades lúdicas
ejercitan conductas motrices y roles sociales en un clima no ansiógeno,
en el que no rigen más parámetros que las reglas de juego.
Donde no existen estándares preestablecidos de rendimientos o logros
a los que adecuarse, como sí ocurre en la vida escolar o social,
por ello en el juego los montos de frustración son fácilmente
tolerados y adaptativos.
"El juego reduce la sensación de gravedad frente a los errores
y fracasos. Opera como un "banco de pruebas" donde todo es posible
(...) En el juego, el error y el acierto quedan neutralizados. Se puede
volver a probar, y eso eleva enormemente el caudal intelectual de una
persona".
El juego espontáneo se rige por otros parámetros que los
de la vida cotidiana, marcada por la exigencia del rendimiento económico,
productivo y formativo. Invierte la lógica utilitaria: su mayor
riqueza se despliega cuanto más se lo despoja de finalidad alguna.
Cuando no se lo intenta transformar en "medio para" (diagnosticar,
enseñar, etc.), sino que se lo considera un fin en sí mismo.
El valor del juego radica en el placer, en el disfrute que produce, aún
cuando cumple una función esencial en la estructuración
de la personalidad. Porque como sostiene Dinello "El juego no tiene
esa relación de rendimiento, es un valor en sí mismo (...)
la utilidad del juego es jugar".
A pesar de que socialmente se considere al juego como una actividad esencial
en la infancia, los padres, docentes, profesionales de la salud, y adultos
en general, necesitan encontrar algún tipo de beneficio productivo
para jugar o dejar que los niños jueguen.
Muchos padres de niños con necesidades especiales alientan a sus
hijos a realizar en sus hogares actividades didácticas, o rutinas
recomendadas en sus múltiples terapias, en desmedro del juego espontáneo.
Los motiva la convicción de que lo prioritario para sus niños
es la ejercitación de funciones deficitarias, la búsqueda
continua de resultados didácticos y terapéuticos.
Otra situación común en familias de niños con necesidades
especiales es la dificultad que ciertos padres presentan para entrar en
el juego, sino es para hacer recomendaciones, correcciones y acotaciones
didácticas relacionadas con el rendimiento de sus hijos.
También es frecuente que estos padres realicen exhaustivas búsquedas
de juguetes didácticos o especialmente ideados para la problemática
física o psicológica de sus hijos, y que los alienten a
manipular exclusivamente juguetes especiales en la creencia de que jugando
con ellos el niño ejercitará y mejorará funciones
deficitarias.
La desvalorización del juego en relación con otras actividades
pretendidamente prioritarias para los niños con necesidades especiales,
tiene en gran parte su origen, en los profesionales que atienden a estas
familias.
En las consultas con médicos, psicólogos, psicopedagogos,
y/o maestros los padres son muchas veces adoctrinados en procura de la
maximización de los logros terapéuticos y didácticos.
Y es desde este lugar que se los habilita como "buenos padres"
siempre pendientes del rendimiento de sus hijos, y de la ejercitación
constante de habilidades y conductas deficitarias. Pocos profesionales
aconsejan jugar libre y placenteramente con los niños, ya que siempre
hay cosas "más importantes" que hacer por el bien del
niño.
Pero por fortuna muchos progenitores advierten el sin sentido de tal estado
de cosas, y se interrogan acerca de la imposibilidad de jugar espontáneamente
con sus hijos. Son padres que si bien tienen dificultad para habilitarse
como jugadores en la escena lúdica, porque sienten que no pueden
dejar de estimular a sus hijos a la manera de un terapeuta o de un pedagogo,
se plantean no obstante, la posibilidad de un encuentro genuino a través
del juego. Que aspiran a redescubrir la magia del de lo lúdico,
pero desde el lugar de padres que juegan con sus hijos, y no desde el
rol de "padres-estimuladores".
Es que la importancia del juego espontáneo no sólo se
circunscribe a la vida del niño, sino al grupo familiar en su totalidad.
El juego conjunto entre niños con necesidades especiales, sus padres
y hermanos, propicia momentos de encuentro e intercambio de experiencias
entre las distintas generaciones, genera complicidad entre los miembros
de la familia, abstrae de las urgencias laborales, domésticas,
educativas, y terapéuticas permitiendo a los participantes recrearse
en el disfrute compartido.
Es por ello que destinar tiempo para compartir jugando en familia es esencial
para favorecer el intercambio, la comunicación, el aprendizaje
de nuevas modalidades vinculares entre padres e hijos. Relaciones que
resultarán teñidas de un espíritu lúdico y
placentero, y que contribuirán por ende a aminorar el impacto subjetivo
de las limitaciones asociadas al diagnóstico de los niños,
de los tratamientos e intervenciones a los que en su mayoría están
sujetos desde muy temprana edad.
Tiempo de juego en familia
"Quiero tiempo pero tiempo no enjaulado,
tiempo de jugar que es el mejor
por favor me lo da envuelto y no enjaulado
adentro de un despertador...."
María Elena Walsh
En la actualidad los horarios familiares se establecen en función
de las urgencias económicas y laborales de los progenitores. Asimismo,
al tiempo insumido en estas prioridades habrá que sumarle -especialmente
en el caso de las madres- el tiempo que suponen las tareas domésticas
y el relacionado con las actividades escolares de los hijos.
En el caso de padres de niños con necesidades especiales otra importante
carga horaria semanal la insume la concurrencia a numerosas consultas
clínicas. Esta general enunciación sirve a los fines de
destacar el poco tiempo que en la semana les resta a los padres para compartir
momentos de juego espontáneo con sus hijos.
Ante tal estado de cosas los padres sienten que no les queda margen de
acción, que se trata de una causa perdida, que las urgencias laborales,
domésticas, didácticas y terapéuticas no les permiten
destinar tiempo para jugar con sus hijos. Y además, cuando pueden
hacerse un tiempo los fines de semana, tampoco saben muy bien cómo
deben jugar con sus hijos.
Lo que los padres deben tener presente es que el saber acerca de cómo
jugar con sus hijos con necesidades especiales lo tienen ellos, no los
profesionales. Deben pues, habilitarse como jugadores en la escena lúdica
con sus hijos. Porque para jugar espontáneamente no se necesita
más que el deseo de hacerlo. No se requieren conocimientos técnicos
ni elementos de juego especiales. Sólo la genuina intención
de encontrarse con las reales posibilidades de su hijo, con sus ganas
de jugar y las del niño.
Animarse a compartir con sus hijos momentos de placer y disfrute, en los
que bien se puede utilizar juguetes convencionales o por qué no,
atreverse a jugar sin juguete alguno, jugar con el cuerpo, con las palabras,
las canciones, los sonidos, los ritmos.
Porque un niño con necesidades especiales no tiene por qué
estar siempre manipulando juguetes didácticos. Puede -como todos
los niños- disfrutar de juguetes convencionales, comerciales, artesanales,
así como también beneficiarse con la utilización
de objetos de la vida cotidiana, que se pueden ir incluyendo en el juego,
y que le ofrecerán al niño la oportunidad de experimentar
y de crear de una manera espontánea y no dirigida.
Para jugar en familia no hay recetas, sólo hace falta que los padres
recuperen la actitud lúdica que al volvernos adultos generalmente
perdemos. Que se reconecten con el niño jugador que alguna vez
fueron, para volver a organizar los tiempos y la agenda familiar en función
de estos mágicos momentos de encuentro e intercambio familiar que
el juego posibilita.
Gabriela Oller
Lic. en Psicología UBA
Ex Residente de Educación para la Salud,
Actual Coordinadora de los siguientes programas de Lekotek:
· Programa Familias,
· Programa Juegoteca - Centro de Recursos Lúdicos
· Programa Plaza de Juegos.
Bibliografía:
- Mathelin, C., La sonrisa de la Gioconda, Clínica psicoanalítica
con bebés prematuros, Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires,
2001.
- Cañeque, H., Castro C., Greco, H., El juego es vida, en La Educación
en los primeros años Nª 8.
- Peaguda, S., A qué jugamos con los bebés precursores del
Fort-da, en Escritos de la Infancia.
- Winnicott, D., Realidad y Juego, Editorial Granica, Buenos Aires, 1972.
- Dinello, R., El derecho al Juego, Editorial Nordam, Buenos Aires, 1982.
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